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![]() | Categoría(s): Bitácora de mis Derivas
Comenzaba la década de los ´90. La búsqueda del YO estaba en pleno apogeo hormonal, coincidiendo con la tardía adolescencia ¡tan inmaduro como a los 40! Había un grupo de jóvenes haciendo teatro callejero vestidos con franelas negras y rostro cubierto de pastoso blanco. Detuve el paso de mi marcha en Chacaito para observar la obra y el performance escénico que superaba lo amateur. Luego de los aplausos, alguien a quien no conocía -Douglas Hardman- fluyó con palabras que sacudieron lágrimas de mis cimientos. Su conmovedora prédica, bien hilvanada con el mensaje teatral, fue la pieza clave que me hizo reconocerme pieza del mismo trapo roto.
Terminados ambos mensajes evangelísticos, sincronizándome con la necesidad que tuvieron de intérpretes, hice mi parte en la faena que ellos habían emprendido. Ayudé a recoger información de los muchos que –como yo- habían quedado impresionados, pues, no fui el único lienzo en desdibujar trazos y pinceladas. No conté cuántos creyeron ese día... ¡Jamás oí nada así!
A ratos, parte de aquel abultado grupo compartió algo conmigo. Les ayudé a recoger sus objetos mientras algunos hacían sus maletas. Supe de dónde venían y nunca ví jóvenes norteñas tan de cerca. Mi opinión cambió tan radicalmente, fue tan distinto a cómo las suponía por películas y revistas etiquetadotas.
Doug detuvo mi repentina despedida. Estaba a punto de marcharme hacia ninguna parte cuando me preguntó qué haría si seguía mi camino. No recuerdo qué le dije, pero -sin rodeos- me invitó al almuerzo con aquel nutrido grupo. Era otro descubrimiento transcultural, pues los consideré tan individualistas, avaros, reservados, que comer entre ellos era como una ceremonia privada, en la intimidad de su tribu... ¡seguí sus ritos! (consultando mi bolsillo antes) ¡pero pagaron ellos!
Los muchachos se alojaban en un hotel y las chicas entre varias familias. Me invitaron a seguir con ellos y llegué al sitio que usaban por iglesia en Bello Monte. Doug me presentó con otros misioneros y no preciso si conocí a todo el TEAM EXPANSION ese mismo día. A poco tiempo, terminé siendo conserje asalariado de esa casa de dos pisos. Me pareció un “ministerio” y, estratégicamente, podría hacer mucho de mi trabajo, pues, mi hogar lo trasladé inmediatamente a Bello Monte y dispondría de medio día libre: Part time job!
A menudo, les traducía artículos, revisaba sus primeros textos, hurgaba todos sus libros y exploraba un oficio, una vocación. Gané mi sustento con libros traducidos, trabajos meniales y viajé con patrocinio “internacional” ¿Cómo podría financiarme viajes al hotel “Selva Negra” de la Colonia Tovar, a campamentos en el YMCA, si tanta gente no contribuyera con la obra del evangelio aportando dólares sin dolores? (May the Lord bless those who give for His Churh!) ¡Hasta hice una cruz con Dave Lynn para el campamento en el Junquito, vía Carayaca!
Mi vida dio un giro “upside-down”. Si hubiera tenido medios, como decía papá, habría dado tanto o mucho para culminar aquello que se hacía, pero ni él mismo pudo cumplir aquello que abrigaban sus palabras y deseos...
¡Ah! ¡Por cierto! Antes de la noche para el drama de la “crucifixión”, David y yo armamos la cruz que habíamos acondicionado al efecto. Tratando de enterrarla, Dave -acostumbrado al trabajo de labriego- tuvo que ayudarme a cavar el hoyo en la tierra para apuntalarla, ya que no pude terminar por causa de un par de ampollas que me hice con el trabajo (no llevé mis guantes). No sabía cómo iban a ser esos días de Semana Santa. Ignoraba que el rol de “Jesús” lo intercambiarían de noche en noche y, siendo atípico en el teatro que conocía (esos días) pensé que era una forma de calar y trascender en la conciencia de la audiencia, una modalidad de controlar (o manipular) jerarquías en la iglesia. Si empleaban un medio psicológico (o no) ¡lo desconocía! Era un mundo nuevo a mi conciencia. Sólo sé que Brent –a quien identificaban con “Juan”- hizo de “Jesús crucificado” en mi cruz y David –comparado con “Santiago”- “lavó los pies a los discípulos” como quien asistiera a la Última Cena del Mesías, la noche previa al cierre de ese campamento. ¿Sería que ganaban gloria con la fama ajena?
Fieles a lo que dice una tradición, un grupo de diáconos y conocidos vestían túnicas y barbas falsas. Teresa, para el agrado y sorpresa de mis ojos, caminaba entre ellos... ¡parecía una virgen! En tanto, por otro lado, la muchedumbre se iluminaba con mechones de gasoil y aceite quemado, pues, la luna no era suficiente lumbrera a nuestro andar. “Jesús” daba tropiezos y un “Centurión” –queriendo apurarlo- lo flagelaba con azotes y empujones. La gente, sintiéndose en el contexto histórico, parecía gritar y cavilar de ansiedad. Llegando a un clímax emocional “Jesús” cayó bajo su cruz. El “Centurión”, sabiéndose inútil para ayudar, dio un giro sobre sí y dando un grito tan real como su original vestimenta, levantó su espada señalando: “¡Hey Tú!”. Haciéndome el desapercibido, señalé mi pecho sirviéndome de un brazo. “¡Sí, tú!” –repitió- “¡Ven y carga tú la cruz!” Emocionalmente sucedían varias cosas:
- ¡Vamos! –insistió “Marcus” Dempsey- ¿Te rebelas contra la autoridad del Imperio Romano?
Atinando el desafío de mi silente respuesta, hizo bien en gritar a otro. De haber insistido acercándose o halándome despóticamente del brazo –como vemos en tradicionales películas de Semana Santa- esta historia se habría escrito muy diferente, aunque a nada me habría servido... ¿Para qué desvirtuar la sensación de que Jesús nos había lavado los pies la noche anterior, en Su Última Cena?
Una herida y su sentimiento de amor no olvidado, demandaban sanidad con algún tipo de compensación. Buscando alivio, llamé a Marinel para contarle de mi nueva vida. Ya no padecía el delirio de los primeros días de nuestra separación, pero esa clase de psicosis nació en un aborto emocional desde aquel aciago Diciembre de 1988.
-¡Hola! ¿Dónde estás?... Hacía mucho que no llamabas. -Estoy en Bello Monte. Vivo en una iglesia donde me bautizaron y me hice cristiano. -¡No te creo! ¿De veras? -¡Créelo! Y me gustaría contarte tantas cosas… ¿Me permites visitarte?
Volví a visitarla. El recuerdo de muchas cosas parecía cieno inerte, pero ¡desarraigar una confesión de una de sus amigas! no era la meta de ese día ¿Cómo olvidar aquel beso furtivo que se dio con un extraño en una fiesta? Su amiga –a fin de cuentas- probó ser la mía y siempre habrá cosas y lugares que se hagan familiares que, aunque uno abandone o cese de mirar, nos visitarán en las noches, se soñarán como si fueran inmortales y nuestros…
¡Dios! ¿Cómo pude enamorarme de una chica de 16? (Sólo pasa cuando se desea explorar tierra virgen)
Marinel vestía a su usanza. Aquellos zapatos tenis rosados calzaban en medias tobilleras con un par de bolitas verdes. Por mi parte, me sentí en el firme paso de mis mejores botas de cuero con tacón a lo cowboy -¡Ese beso no era de los nuestros besos!- Pero fue mejor que darnos nada. Hablamos de todo, menos de lo que sentía o desearía de ella. No obstante, ella misma propuso ir de visita y cerciorarse… ¡No volví a ilusionarme con lo que no puede ser! (aunque inventé un pequeño pretexto para un último encuentro, antes de casarme) ¡Me gustan las que cumplen años los 1ros de Noviembre! (No son tan Santas ni tan Inocentes) Los días pasaban rápidamente en contra de mis deseos. Si las gringas hubieran estado más tiempo en Venezuela dudo que estaría contando la historia que hoy no sé contar; sin embargo, ciertas cosas duran ¡justo lo suficiente! Sin pensarlo, me enamoré de María Teresa, una colombiana. Mis visitas al apartamento de su hermano en Prados del Este se tornaban un hábito indeseable. Una de las razones para mi inapetencia social era el verla pagar su estadía en esa familia haciendo de niñera con sus sobrinos. ¡No la quise ver como cachifa!
Nunca intimé con Marcos. Las pocas veces que cruzamos palabras nos hacían comprender que éramos una clase de rivales y ¡no me gusta presumir ni competir! Cuando el objeto de nuestra distancia llegaba de visita a la iglesia procuraba desaparecer. No tanto por evitarlo, sino para tener la intimidad que tanta gente no propicia... ¡Tere no me comprendía!... Así que terminaba yéndome de las reuniones y volvía tarde en las noches, sólo para dormir.
Si tuviese que revisar alguna de mis “ventajas”, confesaría perderlas todas ¡justo por retirarme!, pero ya sabía que mi atracción no significaba lo suficiente para esa clase de compromiso llamado matrimonio. Sin embargo y como “billete mata a galán” Marcos tendría buenas cualidades al ser hábil con los números, conocimientos de programación y computadoras... ¡Qué sé yo! Los misioneros, en sus bromas, lo llamaban “Mateo” (quizá eufemismo, para no decirle cualquier alusivo a Judas). Cierto día, en una conversación muy formal, sacó justo la información que necesitaba oír de mi boca. Supongo que ya se habría enterado por Teresa u otras bocas o, siendo tan inteligente como era, notaría mi distancia y cambio de actitud con la chica de nuestros ojos:
-¿Qué pasó entre Uds. Antonio? -¡Mark! Déjame ahorrarme palabras... ¡No quiero repetir dos veces este diálogo contigo! -¡Hermano! No te preocupes... No tuve sexo con ella y no se quedará conmigo porque no quiere seguir siendo pobre.
Los ojos de Mark saltaban con un gozo interior disimulado. Ciertamente, no dije todo lo que sabía, sino que le dí todo aquello que necesitaba oír; de modo que sus ejercicios en el gimnasio se incrementaron y sus intentos para estar al día con la moda, la computación y otro auto, se vieron reforzados por contribuciones generosas de sus padres, quienes no tardaron en venir a “visitarlo” (conocieron a Tere).
Daba gusto verlo progresar. Su sonrisa era tan desinhibidamente amplia y casi pudiera jurar que le vi presumir como un pavo real. La gente, quienes lo conocían, lo entusiasmaron con sus comentarios; pues, si la dieta o el gimnasio mejoraban su forma, -sea lo que fuere- nadie podría negar que había un proceso y un cambio. Aquella generosidad, esa apertura y esa simpatía tenía un nombre y apellido...
Por otro lado, mi mamá me argumentaba -con lágrimas- que volviera a su casa. Mi ganancia y mis vínculos (si es que los había) se dirigían a la atención de dos iglesias nuevas, con los pobres. Volví a mudarme a Petare y trabajé con la iglesia de La Dolorita y Palo Verde...
Tom Powell, un misionero humilde con quien no había compartido, supo ganarse rápidamente mi amistad y emplearme en su comisión. Era tan observador y perspicaz que pronto se volvió mi hermano “mayor” y mi maestro bíblico. Su esposa, Kerri, conquistó mi estómago con lo exquisito de su comida y – frecuentemente les decía- que sería su esclavo si me pagaban con tarros de Peanut Butter... May the Lord Bless them!
¿Qué será de ellos?
Marinel –ahora viuda- cumplirá 38 y ha de estar con su hija. De Teresa nada sé e ignoro qué habrá hecho Mark para regular su peso (no he visto a nadie luchar tanto por alcanzar el amor de una mujer venciéndose y reduciéndose a sí mismo) ¿Exprimiría su grasa? ¡Seguro él la merecía!
Del equipo del Team Expansion, Doug Hardman, Tom + Kerri Powell, Erick Barry, Jim + Judy Dye (hijos e hijas), David y Brent Lynn (sus esposas), etc., etc. ¡No sé nada! Tantos nombres, tantas caras y cosas... que relego -y delego- al tiempo un merecido homenaje...
¡He vivido!
¡Nada lamento!
(y cuando termine esta existencia, ya sé cómo repetirla). | ![]() |
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