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![]() | Este mes de Noviembre me ha servido para experimentar un par de cosas que mi mente no creía y no quería aceptar. La una, es que Dios ciega la mente y el entendimiento, cuando soberanamente le parece (aunque el pecado también hace lo mismo, pero de forma “clínicamente” sostenible en el tiempo) y la otra, que el Señor hace justicia a Su tiempo y cuando le parece, en Su condición de Soberano y Juez de nuestras vidas (todas las vidas).
Hace meses vengo haciendo pequeños trabajos para un matrimonio. A ellos les ayudo en tareas de jardinería, pintura, electricidad, etc. ¡Cosas simples! Que no siempre pueden hacer y, en el más difícil de los casos ¡No quieren hacer! pues, la basura no la recogen, sino que la aumentan o acumulan; o que ciertos oficios o cosas –por su edad- les desagradan y/o las evitan, encomendándolas a otros (pero no son lo que pienso “justos” al momento de pagar por tales menesteres). Durante meses, me parecía divertido ayudarles. Era relajante salir de mis actividades normales y dedicarles horas cada fin de semana y conversarles. Compartiendo con ellos, procuraba ahorrarle costos en sus trabajos, enseñarles a valerse en sus tareas agriculturales y reducirles costos generales, pues, yo también pienso en mi economía (pero al hacerlo –también- sin querer comencé a perjudicarme). Al paso de ese tiempo, para beneficio mutuo, canjeaba sus deudas monetarias en compromisos de canje o trueque. Les proponía que, en lugar de dinero me pagasen con especias ¡bienes de consumo! pero –con frecuencia- los sacos de cemento que les pedía no llegaban o la gasolina que les cobraba ¡la utilizaban! Y lo que me correspondía como “ganancia” mermaba; de modo que quise hacerles ver que ellos me defraudaban y, lo que consideraba la proporción de mi pago, se convertía en una especie de cobro cada vez que me ofrecían algo de comida (y, la verdad, a veces eran las sobras que no querían dar a sus perros o tirar la basura). Pensé cortar por lo sano y alejarme de ellos. Ya no deseaba beneficio de mi lado y para ellos; no obstante, las ofertas de trabajo –de mi lado- habían cesado para los días de semana, así que creí conveniente aceptar la pasada y última propuesta de ellos: 60 Bs F diarios. Como prueba, acepté la primera semana y sólo trabajé 3 días: Recibí el 1er pago incompleto. Luego, por insistencia de ellos, la 2da semana hice más días, pero también me dieron un pago parcial, así que comprendí que siempre habría un dinero remanente para cobrarles de semana en semana. Decidí aceptar trabajos para otros y retirar mis herramientas de su casa. Queriendo hacerme justicia –por mí mismo- me llevé un par de cosas de sus pertenencias, pues, hasta el viejo mismo se apropiaba de cosas mías y las sumaba a las veces que, reticentemente, había aceptado su comida y el consideraba eso “como parte de mi pago” (la verdad, eso tiene un valor económico y culinario que debía considerar y estuve recibiendo irregularmente). Dispuesto a esa relación de trabajo, inocentemente me contactaron con la hermana de la dueña de ese lugar. Sin saberlo, visité un Pent House de mucho lujo y, para hacerle un presupuesto por cierto trabajo de pintura y albañilería, coticé con los precios de mercado, pues, ingenuamente me estaba subvalorando y dejaba de cubrir otros aspectos de mi vida económica, aunque este oficio lo puede hacer cualquiera (la diferencia la hace nuestra calidad en los acabados y la actitud con que trabajemos). Fui firme con esos precios. No estoy dispuesto a ceder un cm ni a rebajar las obras que tienen un valor ¡No me importa que otros abaraten o se queden con el negocio! Ciertamente, dispuesto a reivindicarme (por mí mismo) cierto día –como dije antes- había tomado parte de mis cosas y parte de lo que consideraba “ellos me debían” (nótese el error de “hacerme” justicia). Esa mañana de labores, aun cuando 4 personas estuvieron cerca de mi entorno de trabajo, metí en mi mochila un par de cosas que tendrían un valor monetario insignificante (pero utilitario) y no equivaldrían a la gasolina o al bombillo de neón que se me había apropiado el Dr. CR como “parte de mis pagos”, sino que yo estaba plenamente consciente de la injusticia de ambos y que debía hablarles, decirles y –mejor aun-abandonarles (me refiero a las cosas). Antes de salir de esa casa en construcción, hube de preguntar a un par de hombres por mi barra de ahoyar. Fui a otro frente de trabajo, puesto que ellos fueron a mi lugar y se llevaron ciertas herramientas, y pensé se habían llevado la mía. -¡No la tenemos! –dijo uno de ellos- Trajimos la cuchara y la palustra, pero la vimos par allí, cerca de las matas de cambures y plátanos. El que me hablaba parecía sincero, pero no le quise creer, así como no pude notar la actitud de indiferencia de su compañero, quien comía sentado a su lado. Quise notar elementos en ellos que me revelaran “la verdad o la mentira”, pero el que comía andaba en lo suyo y, el otro, por ser un desconocido, no lo supe leer y creí más a mi prejuicio: Imaginé alguno me había robado. Hablé con otro par de trabajadores, ciertamente separados. Freddy no la había visto, Jorge tampoco. ¿Qué podía hacer? A regañadientes “acepté” mi culpa. El costo material de la herramienta vale más por el uso que por su valor monetario, y esto era lo que más me dolía. Trabajaba de autojustificarme, pero un ¡robo es un robo! Y me arrepiento de tratar de hacerme justicia. Más de una vez revisé mi sitio de trabajo. Levantaba el bagazo de hojas de plátano y la tierra que yo había removido para llevarle unos “hijos” a un matrimonio cercano. -¿No la tienes? –pregunté a Jorge Luis- ¿Dónde dejé la barra? -¿Por allí la tenías? –replicó ligeramente aburrido por mi insistencia- ¡Búscala, que por allí la tenías! Cansado de buscar, reprochándome, me sentí mal y me fui de ese lugar. Recordé el sacrificio de tiempo y trabajos que tuve que hacer para poder comprarla. Quise aceptar mi culpabilidad, mi pecaminosidad, pero -en lugar de ayudarme- me sentía más culpable y en nada minimizaba mi error y, aunque hubiese pensado en “comprarme otra” o me hubiese consolado con “una mejor” ¡qué mal me sentía! (y para justificar mi ausencia del sitio de trabajo, telefonié a los dueños de la casa). -¿Pero por qué te vas? –preguntó el viejo. -¡Por mi descuido! –dije- quizá me hacen una broma ¡me la escondieron! (o robaron) y ¡me siento mal! Deshecho mi compromiso de ese día. Me fui a casa y me propuse cubrir mis necesidades allí. Hice un par de tareas y me fui a otro lugar, a cumplir con otro compromiso. En la tardecita, volviendo del pueblo vecino, Freddy conducía una camioneta de transporte público y debido a la oscuridad de las ventanas, no lo había reconocido en otro trabajo. -¡Chamo! ¿Otro trabajo? –le dije, haciendo una pausa- ¿Tú no te llevaste mi barra? -¡No! Tú la tenías por allí. Ya cerca de la noche, hallé a Jorge Luis tomando cervezas. -¡Hola! ¿Supiste algo de mi barra? –inquirí- ¡Qué vaina, chamo! Creo que la perdí… -¡Freddy la encontró! -¿Cómo? –repliqué- Si le acabo de ver y preguntar ¡No me dijo nada! -Pues, la encontró y creo que te la guardó. Me confundí un poco; pero ya tarde, supuse que interpretó mi pregunta desde su perspectiva y no de la mía. Si no se la había llevado ¡por supuesto lo negaba!, pero había conflicto con la información que recibía de Jorge.
Me alegré un poco con la confusa noticia, pero la incertidumbre me hacía pensar en una clase de broma que no podía entender. Con dificultad, con ansiedad, pude dormir algunas horas hasta indagar la verdad que me interesaba y en nada me interesaba trabajar, pues, quería desligarme del compromiso. Pese a mi inicial deseo, entendiendo mi necesidad de trabajo, quise suplir lo económico de mi dieta y actuar como Mónica me había recomendado: Trabajar como si lo que hiciese lo hiciera para Cristo (pero ya había robado un par de cosas). Llegué temprano esa mañana. Me vestí con ropa apropiada a lo que planeaba hacer y la brisa fresca me animaba a realizar la obra más pesada, antes que el calor del sol me agobiase la faena. Al asomarme a la pendiente, del lado hacia donde yace la piscina, la sombra del chalet se proyectaba y cubría la mitad del terreno y sobre la tierra y la grama, noté muy claro el hierro negro y embarrado de mi barra. ¡Estaba allí clavada! En el mismo sitio en que la clavé y NO PUDE VER por mi pecado y error. Días después, creyendo ya que el pecado ciega en ciertas batallas –cegando con sus fatuos deseos- terminó enfrentándome a otro escollo: Doble moralidad. Mi hermano subió al apartamento de mi mamá. Yo estaba allí por unos trabajitos de plomería y pintura, pero él venía por su desayuno. -¡Cónchale! Ayer compré un bombillo y, al montarlo, se me quebró. ¿Crees que me lo cambien si lo llevo? -¿tienes la factura? –pregunté. -¡No! Ya la boté- respondió sin remilgos. -¡Bueno! Si la tuvieras podrías argumentar lago a tu favor… ¿Por qué no vuelves a comprarlo y, al salir, le metes el que está dañado?
Parecía no comprender lo que le insinuaba. No había entendido muy bien si el daño era suyo o lo había comprado con el defecto, pero, sabiendo que esas pérdidas o daños son contempladas en ciertas compañías, le propuse hacer artimañas para satisfacer “su falta de luz”.
-¡Oye! –me dijo con sarcasmo- ¡No creo que eso sea de cristianos! -¡Claro que no! –repliqué con repudio- pero como tienes ese problema quise ayudarte y ¡soy la porquería de pecador más grande que conozco! (¡la verdad! solté una serie de vulgaridades). -¡Chico! ¡No me hables así! -Es que tú, ya que quieres tomar el oficio de Satanás –acusándome- ¡tómalo completo! Yo no soy digno de ser llamado “Cristiano” ni quiero presumir de ser algo con ello. ¿Qué esperabas que te dijera? Tú no quieres una “solución” y ¡está bien!, pero yo te estoy dando una idea que tomaría cualquiera en el mundo. -¡No! –respondiendo más calmado- ¡No te pongas así! De cualquier modo ¡No lo haré!
Tomó el estuche del bombillo y terminó de romperlo. -¡No lo botes! Déjame quedarme con el arrancador, que me sirve para encender otro bombillo de neón. -¡Ok! ¡Está bien! –aclaró- La culpa es mía. -¡No es culpa! Pero has tomado la decisión más correcta, asumiste tu responsabilidad y no se la cargas a nadie más.
Días antes, no pensando sino en cobrar lo que me debían de días previos, recibí una lección: El Dr., cegado de sus actos, me dio 20 Bs F adicionales a los que decía extenderme en su mano. No pensé que se tratase de una de sus tretas –tipo Labán- sino una compensación orquestada desde “más arriba”. Bien pude decirle: “Me estás dando algo de más”, pero esa diferencia en su paga amortizaba lo que pensaba ya me debían, y supuse a Dios asistiéndome -con justicia- a lo que yo haría con injusticias (recibiendo y padeciendo malas consecuencias). No me comprometía trabajarles ni a su pariente: “El obrero es digno de su sustento” (Mat 10:10). No estoy dispuesto a subvalorar mi trabajo ni permitiré que nadie venga a subestimarme ofreciéndome un trabajo que no cubra mis expectativas económicas que cubra buena parte de lo que supongo mis necesidades diarias. Tengo tantas cosas para hacer y aprender, que esto lo escribo como mi bitácora, como mi marcha en la estela del mar y mis olas, que reniego de mi proceder, mi doble moralidad y su costo material (y espiritual) por estas absurdas acciones en las que he caído: No debo ceder a la explotación de otros ni debo subestimar el valor de ciertos deseos, cosas y oficios. | ![]() |
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